viernes, 2 de noviembre de 2007

Los colores del amanecer



Son las ocho de la mañana. Es la hora de entrar a trabajar, pero en el corto recorrido a pie hasta que el fatídico momento en que la banda magnética de mi ficha personal indique que se inicia mi jornada de trabajo, me gusta demorar mi vista en todo aquello que se cruza en mi camino.

El cambio de horario ha tenido como efecto colateral el que esa hora coincida con las primeras luces del amanecer, con esos primeros rayos de sol derramando su increíble y sutil paleta de rojos que van del púrpura al amarillo y que más que iluminar, acarician tejados, cumbres y campanarios, resaltando cada matiz de color, destacando la increíble paleta de ocres de las copas de los árboles ya casi desnudos y dando al paisaje esa calidez y belleza que tanto aprecian pintores y fotógrafos.

El día en Avila es hoy luminoso como sólo a más de mil metros de altura puede serlo. La luz restalla con fuerza en las almenas del pequeño trozo de muralla que veo desde las ventanas de mi trabajo. Más allá intuyo las cumbres de las sierras de La Paramera y del Zapatero, desnudas, refulgentes, frías aún, pues hoy ha helado, derramando al valle buena parte de ese sol, a veces hiriente. Es de esos días que comunican optimismo y vitalidad, en los que por muy cursi que suene, apetece salir a pasear por el campo y entrecerrando los ojos, sentir el viento en tu rostro acariciado por el sol. Sentir el crujir de la hojarasca mientras corres por senderos apenas intuídos de tan cubiertos de otoño como están.

Pero hoy no será posible hacerlo. Hoy toca descanso. Quizá sí sea el día de esperar al gemelo del amanecer: el ocaso e intentar atrapar en el sensor de la cámara esa otra paleta, reflejo idéntico, simétrico de la de su hermano salvo en el virado al rojo en lugar de al amarillo. Pero hoy no se puede correr por más que el día sea maravillosamente hermoso para ello.

Mañana casi con toda seguridad que no veré amanecer e intentaré dormir lo más posible, pero el amanecer del domingo me pillará pateando asfalto, en Vallecas, rodeado de un buen puñado de amigos, (que lejos y qué absurdo suena ahora el miedo de mi anterior entrada), y será con ellos, entre bromas y risas cuando juntos veamos subir a Ra en su eterna resurrección.

Estos días estamos intercambiando una deliciosa sucesión de correos en los que vamos contando opiniones, intercambiando consejos y confesando dudas. Ha llegado el momento del miedo. La cercanía de la cita hace que el que más y el que menos sienta "algo" especial, y la palabra miedo se utiliza más de una vez.

Por mi parte, y aunque es la primera vez que voy a intentar, (¿he dicho intentar?, quería decir conseguir), romper la barrera del maratón, me niego a utilizarla. ¿Miedo?. No puedo calificar de miedo las sensaciones que he descrito esta misma mañana en uno de esos correos: las descargas de adrenalina que recorren cada vez con más frecuencia mi espina dorsal, el cosquilleo en el estómago cada vez que pienso en el día de la carrera y en lo que me espera tras ese amanecer que espero con impaciencia... No, no es miedo. Esas sensaciones son agradables, me estimulan, me motivan y me hacen sentir vivo. Son una de las razones por las que llevo nueve maratones. Yo nunca he buscado hacer una buena marca en ellos, ni siquiera los he entrenado como merecían. Es la sensación de reto, de enfrenarme a mis propias dudas y limitaciones lo que me hace inscribirme un año sí y otro también en alguno, y después de haber corrido nueve me lleva ahora a dar otra vuelta de tuerca e intentar hacer el décimo justo tres semanas después de mi debut en la ultradistancia.

¿Saldré airoso?. Cada vez más me voy dando cuenta de que tampoco importa demasiado. De que lo verdaderamente importante no es el llegar, y menos fijar un tiempo para hacerlo, sino de cómo se disfrute el recorrido. Y hay más como yo, y si no, ¿cómo se explica que quien habiendo hecho tan sólo un maratón, y habiendo confesado públicamente su ¿miedo? a los 50K, ya se plantee correr los 100km/24h del año que viene?

Estoy deseando ser testigo de mi próximo amanecer. Ver esos púrpuras virando al amarillo por las cubiertas del estadio del Rayo Vallecano, por las azoteas de los edificios de la calle payaso Fofó, mientras ese grupo de tarados con pretensiones en el que me encuentro hacen el idem. Realmente más que miedo es impaciencia.


6 comentarios:

Santi Palillo dijo...

Ánimo Carlos, ya casi ha llegado el momento, disfrútalo todo lo que puedas.

Mucha suerte el domingo, espero poder acercarme aunque sea un ratito pero no puedo asegurarlo en este momento, ¡demasiado temprano! ;-)

David Rodriguez dijo...

Después de 9 en el cuerpo estas ya hecho a la distancia yo creo que ese cosquilleo no se va nunca aunque lleves 50 maratones animo y a disfrutar del recorrido.Un saludo

SlowPepe dijo...

Espero que disfrutes también de ese amanecer corriendo. Ya sabes que, dentro de unos límites, buena parte del secreto está en la cabeza. Salta esa barrera, sé ultrafondista (aunque a mí me gusta más eso de "ultrafondón") y cuéntanos qué demonios se siente. Sé que lo harás y lo contarás.

Un fuerte abrazo.

Pepe

Jose Ignacio Hita Barraza dijo...

A mí la verdad es que me ha pillado muy mal, pues tengo un fin de semana de curro como no recuerdo que pudiese tener... Pero espero con ansia la crónica del día después y que el rayismo y el vallekanismo te acompañen en tu tarea, verás como lo consigues!

Aquí ya han pintado todo el recorrido con líneas azules, en el fondo me da mucha envidia.

Suerte compañero!!

mayayo dijo...

como ha ido, crlos?

dino algo q estamos en ascuas ;-)

Carlos dijo...

Siento no haber contestado antes...

SANTI, según tus indicaciones, disfrutado a tope.

DAVID, gracias. Es cierto que ese consquilleo, aunque menor, siempre está ahí, y en este caso con más motivo.

SLOWPEPE, jajajaja... Buena definición para mí: "ultrafondista fondón".

HITA, siento no haberte visto. Al año que viene no puedes faltar, ¿ok?. Rendimos pleitesía al campo del equipo de tus amores.

MAYAYO, de cine. Y no he escrito más por no aburriros.

Gracias a los cinco. ;-) :-)