Cruzo el Arco del Rastro y giro a la izquierda. Me gusta pasar unos minutos en el Paseo del Rastro, (su antiguo nombre era Paseo del Rastro de la Sangre, ya contaré algún día porqué), donde el lienzo sur de la Muralla hace reverberar el sol incidente, multiplicando su calor, y da cobijo frente los fríos vientos de componente norte, creando con ello una suerte de microclima más benigno que el de las calles adyacentes, que es aprovechado por multidud de paseantes, en su mayoría gente mayor que busca este abrigo para departir de sus cosas con esa calma que proporciona tener la mayor parte de los objetivos vitales ya cumplidos, o por madres recientes, (o algunas veces, muy a pesar de estas los abuelos), con sus cochecitos de los que por el miedo al frío apenas asoman ojillos curiosos y manitas enguantadas.
Después de semanas de nieve, lluvia, frío y viento, el día de hoy en Avila es suave. El sol se ha hecho un hueco entre nubes cuyo color torna entre el blanco resplandeciente y una increíble paleta de tonos grises. El suelo está saturado de tanta agua recientemente caída, rezuma humedad. En el gris del invierno se abren paso algunas notas de color: paredes de piedra y rincones umbríos aparecen tapizados del verde del musgo. Casi de frente, mirando hacia el Valle Amblés, los troncos de los fresnos en el Parque de El Soto lucen los ocres grisáceos de sus venerables y rugosos troncos a la espera de una primavera que de nuevo reverdezca sus copas. Manchas verde claro de tímida hierba en los campos de labor, en la orilla opuesta del río Adaja resisten las heladas casi diarias. Aquellas tierras cuyo cultivo se ha abandonado o no han sido hoyadas por el arado en años, cubiertas por vegetación casi alpina, piornales, jaras, retamas..., parecen tragarse la luz que les llega, ansiosas por recibir el escaso calor que esta les proporciona.
Ando. Ando despacio, recibiendo en el rostro el cálido roce de un sol que recuerda confiado su poder, advirtiendo que en el eterno ciclo de las estaciones volverá a reinar sobre el hielo. Ando despacio y lento, y sólo a unos metros casi tengo que parar con molestias en el adductor izquierdo. Esos extraños pinchazos que me acompañan desde hace casi año y medio y que no he conseguido eliminar. Aparecieron en el calentamiento de la Carrera de Aranjuez de 2007, en los 50K Villa de Madrid, en el calentamiento de la pasada Media Maratón de Getafe, y, salpicados en el tiempo, en los primeros o últimos minutos de algún que otro rodaje. A veces, como hoy, incluso andando, otras al subir al coche como conductor y girar mi pierna izquierda hacia dentro. No siempre son en la misma pierna. Pueden aparecer tanto en la derecha como en la izquierda, justo en la inserción del tendón, en lo más alto de la ingle. Van y vienen, pero siempre a ritmos lentos, muy lentos. Nunca en competición, nunca en un rodaje vivo o haciendo series... Aparecen en calentamientos, enfriamientos o el cansino ritmo del que va a hacer cincuenta kilómetros sólo un par de semanas antes de correr un maratón. Lo he consultado con mi fisio y opina que pueden ser debidos a falta de trabajo abdominal. Posiblemente sea cierto.
Después de unos pasos las molestias desaparecen. Hacia la mitad del paseo hay un olmo, por aquí llamados negrillos, hermano del ya talado que existía en la Plaza de San Vicente, declarado árbol singular por la Junta de Castilla y León y del que sólo queda el tronco muerto. Hermano también de mi viejo amigo, herido de muerte y que desgraciadamente con toda probabilidad no rebrote este año. Para él la aparente muerte de este invierno es real y definitiva, y en unos meses sólo otro tronco mutilado y muerto quedará como testigo mudo de mis juegos infantiles en lo que fue la fresca sombra de su follaje. Ya no hay niños en este barrio. Sólo turistas, funcionarios de paso en la hora del café y ciudadanos ocupados en sus trámites burocráticos. Pero su hermano, este negrillo del Paseo del Rastro, aún vive, latente a la espera de la primavera, y él sí, brotará con fuerza, superviviente de una raza diezmada y esquilmada por un insecto contra el que la naturaleza no les previno, pues vino de fuera. Bajo sus ramas hay un pequeño mirador donde me detengo. Miro al sur con los ojos entrecerrados por la luz reflejada en la panza de las nubes. Casi de frente, el ominoso tajo que el hombre ha dado con sus máquinas en las primeras estribaciones de la Sierra de la Paramera para evitar el amplio arco que llevaba la carretera de Toledo a pasar por el Santuario de Sonsoles, brilla como hilo de plata. Una cigüeña, no..., son dos, una detrás de otra, aparecen detrás de mí, por mi izquierda, con su majestuoso vuelo. El terreno aquí cae abruptamente hacia el valle por donde discurren los ríos Chico y Adaja, por lo que no necesitan batir sus alas. Con suavidad giran hacia mi derecha, a medida que sobrevuelan la Plaza de Santiago. Por algún motivo vuelven a girar, ahora en dirección contraria, casi como si estuvieran jugando una con otra. Bordean el torreón de la Iglesia de Santiago con una curva elegante y amplia, y vuelven hacia mí. Ahora necesitan ganar algo de altura, pero lo hacen con suaves aleteos, casi sin esfuerzo. Giro mi cabeza a la par de su vuelo, para verlas de nuevo desaparecer detrás de mí, en busca seguramente de sus nidos en la Catedral.
Es tarde, la pausa es corta y debo volver al trabajo.

