La vida se compone de recuerdos, retazos de un tiempo pasado que nuestra mente escoge de entre todas nuestras vivencias, y que acabará con los años conformando nuestra experiencia vital, a modo de selección de todos aquellos acontecimientos, ya anodinos o intensos en que nos vemos envueltos. Y la percepción de nuestra propia valía, la imagen que tenemos de nosotros mismos la dará la forma en que nos enfrentemos o asumamos esos acontecimientos.
El día de ayer a buen seguro me proporcionará un buen número de esos recuerdos que quedarán para siempre dentro de mí. Ayer experimenté un torrente de sensaciones que se acumularon en el espacio de unas pocas horas, y creo que la autoestima del grupo que las vivimos debe quedar a salvo, pues comprobamos que fuimos capaces de enfrentarnos a los problemas que nos planteó una muy dura jornada, (de la que no exagero al decir que podría haber tenido consecuencias dramáticas), sin atisbar un asomo de desánimo o pérdida de control de la situación.
Para antecedentes, consultad mi anterior entrada, en la que a modo de premonición, como Pedro se ha encargado de recordarme, decía:
…pedreras cubiertas de hielo y nieve en las que la bota se puede encajar con desastrosas consecuencias para los tobillos, o el crampón no agarrar lo suficiente y resbalar cuesta abajo...
El día no empezó muy bien para mí. Tengo la sana costumbre de desayunar fuerte e hidratarme muy bien antes de echarme al monte por lo que pueda pasar. Esto tiene una desventaja: rara vez llego a destino sin tener que hacer una “parada técnica”, así que heme ahí, aliviándome en un camino que desemboca en la carretera hacia Navacerrada, de noche, disfrutando de un fuerte viento y una temperatura bajo cero cuando de vuelta al coche una traicionera placa de hielo hace que mi pié izquierdo resbale hacia adelante mientras el derecho se queda clavado al suelo. Mi cuádriceps derecho siente un fuerte tirón y por unos segundos el dolor es tan intenso que me tengo que sentar en el suelo con la duda de si hay alguna rotura fibrilar. Mis amigos esperan, y estoy tan cerca del Puerto de Cotos que decido seguir adelante. Conozco los primeros kilómetros de la ruta de hoy y sé que no son complicados técnicamente, lo que se presta a un “chequeo” con posibilidad de dar vuelta atrás si fuera necesario. Por fortuna, aunque las molestias me acompañaron todo el día, especialmente en las bajadas, y aún hoy cojeo levemente, todo parece haber quedado en una elongación muscular.
Llego al aparcamiento de Cotos y me encuentro con Pedro, el otro novato del grupo; Fran, que tiene bastante más experiencia que nosotros, y Sergio, con el maletero lleno de material para la ocasión.
De izquierda a derecha: Fran, Sergio, yo y Pedro.
No perdemos mucho tiempo y salimos, pero a pesar de lo temprano de la hora, los primeros cientos de metros parecen una romería:
Compartiendo los primeros metros.
El paisaje es espectacular, el frío, el hielo y el viento hacen que sea el blanco el color dominante sobre todos. Lástima que la niebla no permitiera fotos más vistosas.

En esta parte del recorrido vamos animados, charlando alegremente. El suelo agarra bien a pesar de no llevar aún los crampones y avanzamos a buen ritmo. La temperatura es baja y hace viento, aunque nada comparado con lo que nos espera arriba. Así llegamos a los alrededores de la Laguna Grande de Peñalara , donde es el momento de colocarse todo el material ad hoc: arneses, crampones, piolets, cascos... Pedro y yo tenemos nuestros problemas de novatos y para desesperación de Sergio y Fran, y después de echarse unas risas a nuestra costa viendo como le damos vueltas a los arneses y las cintas de los crampones sin dilucidad por donde tenemos que meter la pierna o dónde leches de engancha la puñetera cinta, al final nos tienen que echar una mano y prácticamente “vestirnos” para la ocasión. Aquí la ventisca ya es muy fuerte hasta el punto de hacernos trastabillar y hay rachas en las que tenemos que volvernos para que la nieve no nos agujeree literalmente la piel. Se hace muy incómodo quitarse los guantes para abrir las mochilas, incluso llevando previsoramente unos finos debajo, Como anécdota, las gafas que luzco en la foto de abajo estuvieron a punto de perderse al caer al suelo y ser arrastradas por el viento.
En los alrededores de la Laguna Grande de Peñalara.
Comienza lo bueno… Desde aquí encaramos el Tubo Central de Peñalara, y los consejos de Sergio se tienen que traducir en una cierta soltura si queremos llegar arriba con bien. Ya en este punto vemos como en un ejercicio de sensatez algunos montañeros renuncian y se dan la vuelta. Nosotros seguimos adelante… Sergio abre el camino, yo voy detrás de él, Pedro me sigue, y Fran cierra el grupo. La pendiente inicial es de unos 40º y podemos subir sin clavar los piolets, tan sólo apoyándonos en ellos, pero al poco no tenemos más remedio que echar las manos a un suelo, cada vez más cercano de nuestro rostro, lo que nos sirve para irnos soltando en la técnica del uso conjunto de crampones y piolets. La sensación es nueva y estimulante y poco tiene que ver con las salidas montañeras que hasta ahora había realizado. Básicamente se trata de mantener siempre tres puntos de apoyo: con los dos piolets y un crampón clavados en la nieve o hielo subes un pié y lo aseguras, luego uno de los piolets, el otro pie, el segundo piolet…, y vuelta a empezar. La concentración y no confiarse en exceso son fundamentales: una de las sujeciones puede fallar muy fácilmente, y si eso ocurre mientras otra está sin fijar, tu seguridad baja drásticamente y puedes rodar ladera abajo. No obstante creo que le “cojo el truco” con una cierta facilidad, y en pocos metros me veo subiendo a buen ritmo sin excesivos problemas. Estoy disfrutando muchísimo del día.
Llegamos al primer paso complicado de la mañana: el tubo del robot sus 60º medios de pendiente y su carga de hielo y nieve. Tiene además un lugar especialmente dificultoso: un bloque atravesado en el que los agarres tienen que ser sumamente seguros. En este vídeo, y hasta el minuto tres, podéis haceros una idea exacta del paso. Nosotros lo hicimos con algo más de nieve y con mucha menos visibilidad:
Este otro vídeo lo grabó Sergio. Es la salida del tubo de Fran:
En este lugar tenemos las primeras sensaciones fuertes del día. Por momentos dudas de la seguridad con que has clavado ese piolet y si aguantará el tirón de tu peso, o clavas la puntera del crampón y cuando la crees firmemente sujeta la nieve cede y resbala unos centímetros… Tampoco es baladí la sensación de tener a un amigo justo detrás que recibiría ese crampón o tu propio cuerpo en pleno rostro en caso de caída… Aunque es inevitable soportar pellas de nieve y hielo desprendidas por el que te precede y ante las que tienes que estar atento para no resbalar.
Pedro sorteando el último paso. De pié, Sergio.
En la pequeña explanada que veis en la foto anterior hacemos un breve descanso para continuar subiendo. En unos pocos metros nos encontramos con una nueva pared, en mi opinión más peligrosa pues es más larga, más pendiente, con más nieve y más blanda, es decir, con peor sujeción. Aquí es de nuevo Sergio el que abre huella, Pedro le sigue y yo voy detrás. Fran de nuevo cierra el grupo.
Todo ocurrió muy deprisa, aunque cuando comenzó, los segundos pasaron como a cámara lenta. Como digo, esa pared me parece bastante menos segura que la anterior. Hemos tenido que cruzar por una estrecha canal entre una pared rocosa y un resalte donde tengo que reconocer que sentí un atisbo de miedo, sofocado con el pensamiento de que la concentración es fundamental para mi seguridad, por lo que intento no desviar mi atención del siguiente paso, de la siguiente clavada de crampón. Por eso no fui consciente de cómo ocurrió todo, sólo oí un grito y al girar la vista a mi derecha vi como Pedro se deslizaba sin control hacia abajo. El tiempo casi se detuvo en ese momento, al igual que mi corazón, viendo como mi amigo caía. Le vi resbalar y cómo sus botas primero, su pantalón y su chaqueta verde después, me sobrepasaban. Su rostro no reflejaba miedo, sino una mezcla de incredulidad e impotencia. Pasó sin mirarme, apenas a un metro a mi derecha. Lo justo para no poder intentar sujetarlo, acto de todas formas inútil pues sólo hubiera conseguido caer con él. Mi primer pensamiento fue para el abismo que íbamos dejando a nuestras espaldas, al que Pedro iba directo. Le vi deslizarse hacia él, casi al límite de lo que mi cuello permitía girar en tan precaria posición y saltar por encima del resalte rocoso que acabábamos de dejar a nuestra derecha unos minutos antes, luego…, el miedo. Recuerdo los gritos de Fran, a la par que el tiempo recuperó su pulso normal, y con ello llegó la confusión, la incertidumbre por saber qué había pasado. Las rocas y la niebla me impedían ver si Pedro había conseguido parar su caída…, oigo voces, “distínguelas Carlos…”, oigo a Pedro, y el alivio es enorme, pero alcanzo a escuchar: “creo que me he roto la pierna”.
“Y la percepción de nuestra propia valía, la imagen que tenemos de nosotros mismos la dará la forma en que nos enfrentemos o asumamos esos acontecimientos.”
Soy inmediatamente consciente de que podemos estar en un serio aprieto: con esta niebla un helicóptero no puede volar. Ignoro si tenemos cobertura de móvil para facilitar nuestra posición, pero en el mejor de los casos un equipo de rescate tardaría horas en llegar: dependemos sólo de nosotros mismos y es el momento de mantener la calma. Sergio inicia el descenso para hacerse cargo de la situación y procuro fijarme en su técnica, pues intuyo que nuestra salida está hacia abajo. Al pasar por mi lado veo su cara de preocupación y lo único que puedo hacer es no darle más por mi parte, así que le aseguro que puede dejarme solo, que estoy tranquilo y que no cometeré ninguna tontería. Una vez que él llega abajo comienzo mi propio descenso, mucho más difícil, evidentemente, que la subida. Cuando llego abajo veo con alivio que Pedro tiene buen aspecto y que mantiene un buen control teniendo en cuenta el susto que acaba de pasar. Aunque insiste en que cree tener algo roto, consigue ponerse en pié con gran dolor de su tobillo izquierdo. En contra de mi intuición, Sergio afirma en que nos resultará mucho más fácil acabar de subir y una vez en la cresta de Dos Hermanas buscar las zetas que nos llevan de nuevo al Puerto de Cotos, un camino sin complicaciones técnicas, que intentar bajar por donde hemos subido con un herido, cosa que sería mucho más dolorosa para él y más peligrosa para todos. Así que toca volver a subir de nuevo entre esa pared y ese resalte rocoso, al lado del rastro que ha dejado la caída de Pedro, marcando nuevas huellas pues las anteriores han desaparecido… Sergio corona el primero y durante unos minutos le perdemos de vista pues va a asegurar una cuerda para poder subir a Pedro. Ese tiempo Fran y yo lo pasamos acompañando a este, de pié, en un pequeño escalón tallado a golpe de piolet en la nieve, intentando animarlo y hacernos una idea concreta de su estado. Cuando una cuerda naranja cae desde el cielo Fran le asegura y seguimos la escalada. La subida de Pedro es penosa: su inflamado tobillo le impide sujetarse bien y Sergio debe hacer un gran esfuerzo para tensar la cuerda e impedir que pudiera caer. Lógicamente Pedro ha perdido coordinación, y sus movimientos son algo más desmañados, lo que produce que sobre mí y sobre Fran a veces caigan grandes cantidades de nieve. Para colmo los tres o cuatro últimos metros son los más difíciles, casi verticales, con nieve muy blanda y apoyos inseguros. Yo consigo coronar sin encordar, pero a Fran, que se ha ido comiendo toda la nieve que hemos desprendido Pedro y yo, Sergio le echa la cuerda.
Fran coronando el último reborde.
La salida de esta ruta, Diedro Central a la Segunda Hermana según Sergio, todavía nos llevaría algo más hacia arriba, pero aquí sí tenemos un escape menos técnico: buscar casi horizontalmente la cresta de Dos Hermanas a través de una ladera con gran pendiente de la que afortunadamente y gracias a la niebla, no vemos el fin. Aquí decidimos encordarnos todos para evitar un resbalón de incierto resultado, y de cara a la ladera, apoyándonos en los piolets y crampones, conseguimos salir a la cresta de Dos Hermanas.
De aquí al final el camino no es nada técnico…, pero hay que encontrarlo para no despeñarse, y en esta situación eso es más difícil de lo que parece. Por momentos la visibilidad se reduce a ocho o diez metros de blanca nieve sin ninguna referencia. Es el GPS el que nos orienta al menos de la dirección que debemos seguir y al fin Sergio ve unas casi imperceptibles huellas. Pero hemos gastado un tiempo precioso buscándolas, y aquí, sin la protección de la ladera, el azote de la ventisca es cruel. La sensación térmica, según Fran, pudo estar entre los –15º/-17º, (y fácilmente menos aún), con rachas que calculamos sobre los noventa kilómetros por hora. El fortísimo viento unido a una temperatura tan baja hizo que TODO se congelara:
Ahí está Fran…
Sergio, Pedro y yo en Dos Hermanas.
Las cremalleras parecían soldadas, los guantes quebradizos. Las cuerdas se cubrieron de una costra de hielo. La pantalla del GPS había que limpiarla de escarcha cada pocos segundos…
Pedro, que está sufriendo mucho, echa mano de los bastones, y aún así su paso es lento y fatigoso, pero este tipo está hecho de otra pasta y estoy seguro de que va a aguantar el descenso, como así fue. Por mi parte, y como intuía en la salida, el cuádriceps, que no ha molestado hasta ese momento, me comienza a doler en cuanto el camino pica para abajo.
Poco a poco, casi metro a metro, pero con la confianza y la tranquilidad de tener absolutamente definida nuestra posición y el camino a seguir, iniciamos el descenso. Al ir perdiendo cota, el viento y la sensación de frío amainan, y con ello vuele el buen humor, los chascarrillos, los “ya verás cuando Marta se entere de esto, Pedro”. La mejor noticia es que la vuelta se nos hace muy larga, lo que significa que no hay más sobresaltos y varias horas más tarde de lo previsto regresamos a nuestros coches. Pedro nos enseña su tobillo: sin quitarse la bota se advierte una fuerte hinchazón. El examen médico resultó en esguince grado tres, entre siete y diez días de escayola. Pedro, bajar de Dos Hermanas así, y sin venirte abajo, fue toda una gesta: mi admiración por ello.
EDITO. Hoy Pedro ha vuelto al médico pues tenía muchos dolores. Un nuevo examen, esta vez con radiografía, revela una rotura de peroné de la que tendrán que operarle. ¡¡¡Mucho ánimo amigo!!! |
Mi parte de guerra: el cuádriceps llegó algo hinchado a casa, hoy cojeo levemente, pero en unos días volverá a su estado. Más curioso es lo de mi mano derecha: no recuerdo ningún golpe en ella, sin embargo tengo el dorso hinchado hasta el punto de que mientras escribo, me cuesta pulsar las teclas. Los gemelos molestan, al igual que los hombros, debido al uso de crampones y piolets, pero se han agradecido las últimas semanas de gimnasio y en general estoy mejor de lo que pensaba.
Anímicamente soy de dejar reposar las cosas antes de sacar conclusiones. Ayer oí muchas, quizá demasiadas palabras autoinculpatorias que creo que no tienen demasiado sentido: las cosas pasan, los cuatro somos mayores y sabemos y debemos asumir nuestros propios actos y ser responsables de nuestras acciones y errores. Ninguno nos volvimos aún siendo conscientes de los riesgos, y si no hubiera sido por el percance de Pedro la salida de ayer hubiera sido un delicioso día de montaña, más duro de lo que pensábamos, pero sólo eso. Me quedo con algo que le he escrito a Pedro en su blog, a modo de reflexión personal:
“Ayer aprendimos mucho de montaña pero más de nosotros mismos.”
Creo que sacar esa consecuencia positiva es la mejor manera de ver las cosas.
Aquí tenéis la acostumbrada presentación de fotos de un día que, percances al margen, califico como memorable:
Otros enlaces:
Crónica en el blog de Pedro.
Crónica en el blog de Fran.
Crónica en el blog de Sergio.
Enlace de la ruta en Wikiloc.
Enlace a mi álbum Picasa.