martes, 5 de octubre de 2010

No arranco a correr, pero sigo andando…

Pues no, no acabo de ponerme en marcha. Sigo sin encontrar todo el tiempo que necesitaría (el que me gustaría ya sé que es imposible), y sobre todo, sin encontrar ese extra de motivación necesario para ponerme de una vez las zapas y volver a sufrir por esos caminos. Por contra, estoy disfrutando cada vez más de esas excursiones montañeras, a medio camino entre el senderismo y la verdadera montaña, que me permiten disfrutar en compañía de los míos de paisajes de postal y hacer ejercicio de una forma para nada agónica como en el atletismo. En un espacio de ocho días, y aprovechando la huelga, han sido tres salidas. La que describo aquí, cortita pero sabrosona, la hice el pasado domingo 26 de septiembre por los alrededores del pueblo de mi esposa: Los Molinos, un anejo de La Aldehuela (Avila).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Entrada a Los Molinos por la Nacional 110.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Aquí se puede ver mejor…

Sobre este pueblo existe una curiosa leyenda, con base histórica cierta, ya que los personajes son absolutamente reales, acerca de Fernando de Toledo, hijo ilegítimo aunque reconocido de Fernando Alvarez de Toledo, Duque de Alba. Según cuenta mi suegro, que gusta de adornar la historia al estilo de los antiguos cuentacuentos: “En una noche de tormenta acercose en busca de refugio la comitiva del Duque…”, total, que el Duque de Alba encontró cobijo en uno de los molinos que dan nombre al pueblo, gozando no sólo de la hospitalidad del molinero sino también de los favores de su hija, a la que regaló un anillo. Pasados los años, ya mozo el hijo nacido de la coyunda de aquella tormentosa noche, estaba el Duque de Alba presenciando un festejo taurino, en el que un joven, después de mostrar un gran valor frente al morlaco, se presentó ante el Duque enseñándole el anillo, de lo que él lo reconoció como bastardo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERACasa actualmente abandonada.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Molino, también abandonado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Puente de piedra sobre el Arroyo de Caballeruelo. Se une en el mismo pueblo con el Arroyo del Poyal.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Ermita de El Soto a unos pocos metros de Los Molinos. Foto de 2009.

En alguna ocasión hemos ido a dar un paseo por los alrededores, y esa tarde, después de comer, mi esposa me habló acerca de un pueblo cercano, El Poyal, que da nombre al arroyo que discurre frente al domicilio de mis suegros, y que ella ya recordaba abandonado treinta años atrás, y rápidamente decidimos subir a buscarlo remontando el arroyo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAArroyo del Poyal. 

Esta región, incrustada en pleno norte de la Sierra de Gredos, tiene una orografía muy agreste que impide grandes explotaciones agrícolas o ganaderas y complica el acceso a las existentes, y por ello está salpicada de diminutos pueblos cerca de los prados y huertos de los que subsistían las familias que los poblaban. Muchos de estos pueblos fueron abandonados en las décadas de los sesenta y setenta con la emigración del entorno rural a las ciudades y la consecuente pérdida de la actividad. Mi suegro aún recuerda cuando pasear por la zona era un continuo saludar vecinos y los numerosos caminos que cruzan entre las fincas rodeadas de paredes de piedra eran recorridos por carros y rebaños de ovejas. Ahora esos caminos están prácticamente todos cerrados, invadidos por las zarzas y los arbustos y en gran parte intransitables. De ahí que nos tuviéramos que desplazar preferentemente por los prados, algunos de ellos arrendados como pasto, y que al menos estaban limpios. No obstante hubo lugares en que nuestras manos y ropa se quedaron enganchadas en los espinos...

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Mi esposa entre la “selva”…

En un cruce del arroyo, justo por encima de la foto anterior, encontramos una pequeña joya: en un tramo de apenas treinta o cuarenta metros el arroyo se encaja en un pequeño desfiladero, húmedo y umbrío, cuajado de verdes helechos siempre salpicados de agua gracias a que existe una pequeña cascada que incluso entonces, a final de verano, tenía suficiente caudal como para poder haber tomado un par de fotos, quizá no tan bellas como esta maravilla de Mari Luz, pero sí espero que suficientemente dignas…, de haber llevado trípode para colocar la cámara. Hice a mi esposa compromisaria de volver en nuestra siguiente visita debidamente equipados. Por de pronto, me tuve que limitar a disparar donde existía suficiente luz como para hacerlo a pulso…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Ameal (almeal según dicen por aquí).

Uno de los alicientes del camino fue comprobar cómo el otoño va tomando posesión de sus dominios:

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERA

Como digo, mi esposa recordaba el pueblo ya abandonado hace treinta años, por lo que pudimos comprobar de primera mano cómo la naturaleza había hecho lo que mejor sabe cuando se le deja su tiempo: ocupar su sitio y llenar de nuevo de vida todos y cada uno de los rincones libres de la presión humana. Así, vimos como al lado de prados ramoneados por el ganado había otros en los que los rebollos y chaparros de encina, salpicados de avellanos y algún frutal como ciruelos y cerezos, alcanzaban ya un buen tamaño componiendo la promesa cercana de un joven y pujante bosque.

Al final, no sin algún que otro zigzageo, revuelta y más y más arañazos, encontramos las cuatro casas que antaño componían El Poyal. Poco quedaba de ellas, apenas unos muros semiocultos entre la maleza. Con un cierto peligro de desplome de un ruinoso tejado sobre nuestras cabezas, aún nos arriesgamos a entrar en una de ellas, adivinando sus dependencias, el lugar del hogar, la chimenea, la pequeña puerta que comunicaba con las cuadras…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Entrada de una de las casas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa vegetación cubriendo las ruinas de El Poyal.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALa “calle principal” de El Poyal.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA Interior de una de las casas.

La bajada hacia Los Molinos nos deparó a mi esposa y a mí una “discusión” por nuestra distinta forma de ver una misma realidad, y donde ella añoraba recuerdos de niñez, yo intenté hacerle ver cómo dentro de otros treinta años podríamos disfrutar de un vigoroso bosque, cuajado de robles, encinas y avellanos, como siempre tuvieron estas laderas gredenses. Sólo falta que nuestras piernas también guarden algo de vigor para volver...

La próxima entrada, sobre la excursión que hice, aprovechando el día de huelga, el miércoles 29 de septiembre, y de nuevo con mi esposa, a Peñalara y la Laguna Grande de Peñalara. Bonita, bonita…

6 comentarios:

Rosa dijo...

Sin prisa pero sin pausa....y con esos paisajes...se hará más llevadero!!

SONIA dijo...

No puedo sino agradecerte este hermoso paseo del que nos has hecho partícipes. Tiene un gusto a paso del tiempo, a internarse en un lugar más allá de los relojes muy gratificante.
Y sobre correr... todo llega, con calma.

Un abrazo!!

Saturnino dijo...

No sé si con estas excursiones serás capaz de volver a correr, por las imágenes que nos dejas se entreven bonitas; sigue recuperando el ánimo y todo llegará.
Un abrazo,

Amig@mi@ dijo...

Me encantó. Y lo sabes...

No sabría con qué imagen quedarme, me gustan todas, sabes que los pedruscos guardan tantas historias que si hablaran podríamos compartir...
Me gusta imaginarlas, y esos lugares abandonados en los que ayer hubo tanta vida me vuelven loca.

Me encantó. Y lo sabes...
( Si te sirve de algo lo que yo diga... Sigue disfrutando de tus paseos ;) )

Besos
Un abrazo

Carlos dijo...

Rosa, bienvenida por aquí y gracias por tus deseos.

Sonia, mmmm, ¿tú recomendando paciencia?. Gracias también a tí.

Saturnino, quizá esa sea la clave: el ánimo. Un abrazo.

Montse, lo sé. Besos también para tí.

Whitey Action dijo...

Madremia! no te preocupes por el SPAM! alcontrario! que sitio mas bonito! (he de decirte, que voy a sumarlo a mi agenda de futuras visitas).
Me encanta fotografiar cosas de pueblos abandonados, es curioso y apasionante, mas que nada, porque en parte, el pensamiento te traslada a la época de cuando vivía la gente allí y como era su dia a dia...
Las fotos son GENIALES.
un abrazo!