
La mañana es fría y húmeda mientras estabilizo y nivelo el trípode de mi cámara. Apenas treinta minutos antes una mirada turbia y legañosa al despertador siembra un punto de desconcierto en mi cabeza, ya que a la hora que marca debía haber más luz entrando por las rendijas de la persiana… ¡niebla, Carlos! Sólo puede ser niebla… En apenas diez minutos, sin desayunar, y arrastrando aún los zarcillos de ensoñaciones que no acaban de disiparse salgo camino de El Soto, el pequeño bosquecillo de fresnos apenas a un kilómetro de casa donde tantos kilómetros he recorrido a lo largo de mi vida. La mañana es fría y húmeda, y eso despeja y aclara mi mente. No es tan pronto como me hubiera gustado y preveo que la niebla durará poco, así que tengo que trabajar rápido. Y este encuadre ya lo tenía pensado antes aún de dejar la moto en el aparcamiento… La mañana es fría y húmeda, heladora. El suelo, el tronco de los árboles, sus ramas… todo está cubierto de una crujiente escarcha. Trabajo rápido. En un par de minutos tengo el trípode montado y asegurado. Uno más y tengo el encuadre. Un par de disparos de prueba y tengo composición y exposición correctos, esta es la buena… Decido cerrar algo el encuadre, acercándome al viejo fresno, cuando oigo pasos detrás de mí, bendita y crujiente escarcha. Son pasos de corredor… La imagen surge inmediatamente, pero tengo una sola oportunidad de sincronizar los dos segundos de retardo con los que estoy trabajando para evitar cualquier trepidación con la previsible posición del corredor cuando se abra el obturador. Durante un instante cierro los ojos, con el dedo en el disparador… ¡ahora! Sólo queda esperar que el momento haya sido el adecuado y que mi inesperado ayudante no lleve ropa con colores estridentes, y hasta en eso tengo suerte y el corredor, con su discreto atuendo está exactamente donde lo imaginé. Rápida revisión en la pantalla de la cámara, ¡buena foto, Carlos!. Me identifico totalmente con ella. Me transmite una agradable sensación de frío y pequeñez frente al paisaje, pero sobre todo de mi amada y tantas veces buscada soledad. No podía ser menos para el autor de un blog que depende de una cuenta de Google llamada corredorsolitario@gmail.com. Le agradezco íntimamente al anónimo atleta la ayuda prestada y me prometo que esa misma tarde seré yo el que pase debajo de esa misma rama… porque de nuevo he empezado a correr. A día de hoy sesenta y cuatro días seguidos, ciertamente con muy escaso kilometraje, ciertamente con todos los miedos del mundo, porque se me acaban las oportunidades y otro parón de tantísimo tiempo como este último sería casi definitivo, con todas las precauciones que he sido capaz de tomar, con todas las medidas a mi alcance para que esta vez sí, sea la definitiva… y con otra filosofía que ya desgranaré. Es un humilde y pequeño regalo a mi nietecita, nacida el diez de octubre, día en que le dediqué apenas un par de kilómetros. Sólo dos kilómetros, pero dos kilómetros más que el día anterior. Desde entonces no he parado. Estoy de vuelta.